viernes, 5 de marzo de 2010

Ondas evolutivas

Es un mustélido parduzco, adaptado a la vida anfibia, que navega, bucea, danza y pulula vagando sin cesar por aguas tranquilas, aguas inquietas, mares de luz y sombra, ansiosa de conocimiento y saber, en busca de nuevas aventuras, nuevas sensaciones, participación y observación anhelan sosiego, equilibrio, eludiendo toda obnubilación para medrar desde los fríos abismos de un surrealismo intranquilo, combatiendo la pegajosa verecundia que afecta el brío de su nado. Se vale de sus eficaces membranas interdigitales y de esa llana y extensa cola, muy ancha en su raíz, para afrontar cualquier adversidad. Vive en madriguera, conectando agua y tierra vinculadas en la supervivencia, luego, a pesar de pasar la mayor parte de su vida en ese infinito azul, es también telúricodependiente por el placer de nombrarlo así, y en frescas riveras elevadas se cobija. Su aspecto es afable, bondadoso, cándido y familiar, pero bajo él le oprime el desmedido análisis, junto a tormentas de fuego que subyacen, le activan, le impulsan, le conmueven y corroen, entremezcladas con el armónico glauco prado que subsana aquellas heridas fruto del fatigoso pasaje de la vida. Aceitunas almibaradas le seducen, algunas saben bien, y le sumergen en universos de verdad y dulce alborozo. Otras en cambio, no son más que floreada cáscara, anodina en sus entrañas, y lengua sangrienta. Su filtro esponjoso, corto y denso, prospera a buen paso, arrebujándose en él la savia del mañana. Peces, cangrejos de río y ranas son su principal sustento, así como algunos vertebrados de tierra firme.

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