martes, 26 de enero de 2010

Crocolala Monóceros


El tomate del infinito puede reproducirse en condiciones especiales (luna llena, agua con una salinidad del 65,7%, mes de mayo), con otros seres marinos. Un 14 de mayo, sobre las 3 de la madrugada, de un sórdido y ensordecedor pub coralino, ajumado, embriagado y rebosante de deshinibición surgió aquel misterioso ser. Eran tan altos sus niveles de eufória que el rocambolesco y apurpurinado tomate del infinito, tan irresistible a sus ojos quizás debido a los efectos espirituosos de la bebida, le abdujo todos sus sentidos como si de una joya en extinción se tratase. El crocohipopótamo marino de cresta anemónica (seres muy respetados en todo el océano por su envidiada inteligencia y su particular forma de ver las cosas, además de apasionados por la armonía y la belleza, grandes coleccionistas del buen arte) no se lo pensó dos veces y sedujo a su vez al estrambóticamente bello tomate del infinito. Ni que decir tiene que fue una noche salvaje y de desenfreno, envuelta en innumerables destellos de color. El tomate mostraba una aptitud totalmente camaleónica, deformándose y adoptando formas cada vez más sugerentes para la mente del cultivado crocohipopótamo, muy versado en el atractivo de las formas y sinuosa materia creadora. Pero su ingente esfuerzo con la tangente le hizo descaecer y no pudo aguantar las exigencias del potente tomate... 8 meses después, una nueva especie emergía del interior de la azulada verdura: el crocolala monóceros.

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