viernes, 28 de agosto de 2009

Reptoboros Espadachín


En mis años de juventud, Pix, el fígaro de Pueblo-blomiel, realizó un inusitado viaje hacia el micromundo con la ayuda de un polvo mágico verdoso. Regresó en estado demente de aquel escape y lo encerraron en prisión hasta que recobró la razón. Narraba prolijas historias que plagiaban algunos descarados escritores del pueblo y la periferia. Dichas historias, infectadas de fantasía, hablaban sobre gran variedad de organismos y elementos alienígenas, de aspecto bien raspado y oleaginoso como suave o deleznable. Los mántidos pentaoculares de translúcida y límpida cerviz, con monopérculo auditivo, debilitaban su reposo en ángulo contrapicado hacia el incesante zozobrar de variopinta flora fosforescente y levitatoria en cinética marcha natural. Pimpinelas, dríades, cinoglosas, sueldacostillas, cardos enanos, abrepuños, tréboles dorados, espigas de agua, cruzadas, muguetes, pipirigallos, aros, coronas de rey, pamplinas... todo un verdadero espectáculo multicolor.
De pronto, las nerviosas hidrovibraciones espumosas vaticinaron la inmediata llegada de los precoces Reptoboros espadachines del légamos. Eran los anfibios adalides y la panacea del mefítico cenagal, su raudo y prolífico padre engendrador. Maestros cornúpetas del camuflaje y virtuosos de las espadas, sobrevolaban sin dificultad con estas y su larga cola extensible, sus vastos dominios, protegidos con su vida.

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