domingo, 30 de agosto de 2009

Funguimonstruo Enraizado


Sobre una docena de azafranados mochuelos se las habia arreglado para asolar nuestras provisionales moradas. Yacían desordenados por el mullido y algo ácueo musgo, granos de arroz, sardinetas fritas, tarros de conserva, harina, pedazos de sacos de dormir pendían bajo los castaños árboles y sobre algunas sillas ahora tronchadas... Todo parecia haber sido barrido por un fuerte tornado. Alzamos nuestros rifles y apuntamos hacia las coronadas cabezas de estas aves, cuando de improvisto un agudo y frio crepitar anunció que algo ocurria en su interior. Decidimos refugiarnos tras uno de aquellos delgados árboles, y observamos el rostro amenazador de los rojizos mochuelos salvajes. Abrían sus picos y en su interior bailaba sin control una horripilante lengua bífida, dorada y con puntas oscuras. A pesar de todo, mostraban respeto por los humanos y se mantenian a una prudente distancia de nosotros.

Una profunda voz gutural anunció, tras nuestro, la presencia de un alto druida estilita que parecia, desde su rúnica y desgastada columna, regocijarse de nuestra incierta situación. La tierra, cada vez más rasgada, continuaba tremulando con acérrimos impulsos. Una tríada de punzantes voces, surgidas de la nada, se unió al ensordecedor y angustioso coro terrestre. Redondeados bultos rojizos vieron la luz revelando una atropellada exudación de materia gelatinosa, inefable apoteosis de versosas y azuladas formas anfibias, mórbidas, verrugosas y chispeantes. Estaban provistas de minúsculos poros que empelían violáceos y cetrinos gases, formando ondas que impulsaban la masa, grotesca y repugnante efigie, hacia arriba. Esta figura iba cobrando un aspecto cada vez más definido e incluso humano conforme avanzaba. Evoqué las palabras de un enjuto indígena que conocí dias antes de llegar aqui. Nos habló sobre los espíritus del bosque, confiando en que si eran tratados con el debido respeto, no molestaban a los humanos, pero cuando se les ofendía no perdonaban. Se les temía más que a los dioses, ya que estaban más cerca que estos. Regresé algo más sereno a la realidad, temiendo que haber plantado aqui nuestras tierras hubiese podido ser la causa de esta situación, al molestar y ofender al gigantesco y capotudo espíritu, ante el cual se postraban nuestros nerviosos ojos. Sus aceradas raíces color rubí se adherían entre el enrevesado y abundante musgo, con muy viva solercia.

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