martes, 29 de diciembre de 2009

domingo, 30 de agosto de 2009

Bocanada Thor

Dulces colibríes zangoloteaban sin cesar sus exigüos e iridiscentes miembros. El vestiglo Bocanada Thor, de largas crines desgreñadas, se habria paso entre las calcinadas ramas, batiendo de entre sus mefíticas y aterradoras fauces, ácido hidrosoluble que se arremolinaba pendulando contra el céfiro, engendrando turbulentos gaseosos pluriformes, que se posaban sobre las ruinas del antaño señor del ectoplasma bosquimano. Farfullaba ensordecedor trizando con espirituosos y atronadores mazazos a los sabios y venerables cinodruidas, adalides del rotundo bosque, empedernidos a la magia, retoños de las vidriosas y fúlgidas vainas seminales octoplaneadoras. Bocanada arrasaba con su ininteligible perorata, augurando grandes desgracias con lágrimas de oropel. No era la primera vez que visitaba el ahora tullido verde. Su llegada siempre era contingente de desmanes e infortunios. Su hedionda piel producía graves enfermedades a la fauna, y sus corrosivos ácidos gástricos marchitaba la infausta flora que se cruzaba en su camino. Como costumbre practicada durante generaciones, la humilde comunidad druídrica, consciente del luctuoso destino que les podria esperar, y olvidando que muchos habian sucumbido en el intento, tras unos solemnes chisguetes y algunas alegres danzas del bosque, deliberó en entrar en acción y partir al amanecer tras las toscas huellas del deforme behemoth Bocanada, pues este era como un cáncer y si no se atendia a tiempo las consecuencias serian irrevocables. Partieron montados sobre blindados cuélebres albinos, de gran tamaño y alas membranosas como las de un murciélago. Estas bestias emitían unos silbidos muy fuertes y su único punto débil era la garganta, puesto que el resto del cuerpo estaba cuajado de escamas y placas córneas tan duras que ni las balas le hacian mella.

Funguimonstruo Enraizado


Sobre una docena de azafranados mochuelos se las habia arreglado para asolar nuestras provisionales moradas. Yacían desordenados por el mullido y algo ácueo musgo, granos de arroz, sardinetas fritas, tarros de conserva, harina, pedazos de sacos de dormir pendían bajo los castaños árboles y sobre algunas sillas ahora tronchadas... Todo parecia haber sido barrido por un fuerte tornado. Alzamos nuestros rifles y apuntamos hacia las coronadas cabezas de estas aves, cuando de improvisto un agudo y frio crepitar anunció que algo ocurria en su interior. Decidimos refugiarnos tras uno de aquellos delgados árboles, y observamos el rostro amenazador de los rojizos mochuelos salvajes. Abrían sus picos y en su interior bailaba sin control una horripilante lengua bífida, dorada y con puntas oscuras. A pesar de todo, mostraban respeto por los humanos y se mantenian a una prudente distancia de nosotros.

Una profunda voz gutural anunció, tras nuestro, la presencia de un alto druida estilita que parecia, desde su rúnica y desgastada columna, regocijarse de nuestra incierta situación. La tierra, cada vez más rasgada, continuaba tremulando con acérrimos impulsos. Una tríada de punzantes voces, surgidas de la nada, se unió al ensordecedor y angustioso coro terrestre. Redondeados bultos rojizos vieron la luz revelando una atropellada exudación de materia gelatinosa, inefable apoteosis de versosas y azuladas formas anfibias, mórbidas, verrugosas y chispeantes. Estaban provistas de minúsculos poros que empelían violáceos y cetrinos gases, formando ondas que impulsaban la masa, grotesca y repugnante efigie, hacia arriba. Esta figura iba cobrando un aspecto cada vez más definido e incluso humano conforme avanzaba. Evoqué las palabras de un enjuto indígena que conocí dias antes de llegar aqui. Nos habló sobre los espíritus del bosque, confiando en que si eran tratados con el debido respeto, no molestaban a los humanos, pero cuando se les ofendía no perdonaban. Se les temía más que a los dioses, ya que estaban más cerca que estos. Regresé algo más sereno a la realidad, temiendo que haber plantado aqui nuestras tierras hubiese podido ser la causa de esta situación, al molestar y ofender al gigantesco y capotudo espíritu, ante el cual se postraban nuestros nerviosos ojos. Sus aceradas raíces color rubí se adherían entre el enrevesado y abundante musgo, con muy viva solercia.

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viernes, 28 de agosto de 2009

Reptoboros Espadachín


En mis años de juventud, Pix, el fígaro de Pueblo-blomiel, realizó un inusitado viaje hacia el micromundo con la ayuda de un polvo mágico verdoso. Regresó en estado demente de aquel escape y lo encerraron en prisión hasta que recobró la razón. Narraba prolijas historias que plagiaban algunos descarados escritores del pueblo y la periferia. Dichas historias, infectadas de fantasía, hablaban sobre gran variedad de organismos y elementos alienígenas, de aspecto bien raspado y oleaginoso como suave o deleznable. Los mántidos pentaoculares de translúcida y límpida cerviz, con monopérculo auditivo, debilitaban su reposo en ángulo contrapicado hacia el incesante zozobrar de variopinta flora fosforescente y levitatoria en cinética marcha natural. Pimpinelas, dríades, cinoglosas, sueldacostillas, cardos enanos, abrepuños, tréboles dorados, espigas de agua, cruzadas, muguetes, pipirigallos, aros, coronas de rey, pamplinas... todo un verdadero espectáculo multicolor.
De pronto, las nerviosas hidrovibraciones espumosas vaticinaron la inmediata llegada de los precoces Reptoboros espadachines del légamos. Eran los anfibios adalides y la panacea del mefítico cenagal, su raudo y prolífico padre engendrador. Maestros cornúpetas del camuflaje y virtuosos de las espadas, sobrevolaban sin dificultad con estas y su larga cola extensible, sus vastos dominios, protegidos con su vida.

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jueves, 27 de agosto de 2009

Fungoalien nocturno


Nubes de niebla brumosa asolan los cuitados y fugaces intersticios de translúcida difusión heterogénea. Hongos palpebrales cuneiformes y cabezuelas terminales con flósculos tubulares envueltos en brácteas membranosas que se abren en forma estrellada al madurar sus piógenos frutos, comparten simbióticamente, junto con algunos solípedos mutantes, el entorno custodiado por silenciosos e inquietos fungoaliens nocturnos, de iridiscente y algo asimétrica silueta.
Provistos de dos pares de antenas y levitatorios ojos fúlgidos perfectamente esféricos, navegan por las fructuosas tierras, amuralladas de conspicuas cadenas montañosas de ardiente y fogoso vino amontillado, posible candidato a la espirituosas y desinhibida vida de sus variopintos habitantes.
El flexible y gelatinoso cuerpo de los fungoaliens nocturnos, les permite, en plena excavación, ocultar en su interior sus sencillos ojos carentes de párpados, además de sus antenas. Aguzados pies y hocico, y demoledoras garras, hacen de estos individuos, (a parte de dignos de tomar en serio), unos formidables trabajadores de la tierra, capaces de penetrar incluso el incorruptible diamante, el cual constituye uno de sus manjares precilectos a estos seres de presuroso metabolismo.

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Fragmentado Lunar


700 años atrás tuvo lugar un gigantesco y bullicioso éxodo por parte de los Marcianos, en busca de Europa, uno de los más de 52 retoños que danzan por el manchado planeta rubicundo. 3535 desde que nuestros antepasados terrestres estuvieron impepinablemente destinados a abandonar su otrora almibarada tierra que ahora se deshilvanaba sin cesar.
Las vertiginosas profundidades de Europa, contemplaron como mi bella efigie emanaba del interior de un nacarado y apenas diáfano huevo de impoluta e inmaculada presencia. Desde mi origen, con frecuencia, mi abuelo me ha contado las intrépidas aventuras de nuestros lejanos antepasados. Una de ellas versa sobre un ente, nocturno y caprichoso, místico adalid de la enjundia vaporosa lunar a principios de año, fecha cuando el aura terrestre, agitada químicamente, mutaba al contacto con ciertas chirivitas espaciales defectuosas de ignota vibración meteórica. Había quien opinaba que todo aquello era obra del mismísimo demiurgo, absoluto ordenador del cosmos.
Era antemeridiano, y el telón celestial se tintó de un enrarecido y asalmonado castaño. La luna parecía cobrar luz propia, y el empeler de un impávido y peludo cefalópodo de angora, de vivo electrizante azul, cruzose por mi camino deleitándome embadurnado bajo su espeso y corrosivo manto color azabache, que envolvía y atacaba futilmente mi acorazado e inmarcesible chaleco de exploración subacuática. Aquellos momentos de júbilo propulsaron mi trampolín hacia la vieja historia de mi ya exangüe y senil progenitor, fruto de su fasto periplo a través de la mente de mis antecesores... Decia mi viejo: A veces excelso, a veces inicuo, su inescrutable vagar, sus horrísonas frecuencias, fragmentado lunar era su nombre. Auténtico aglomerado de orgánico parecer, asidos a un esmaltado y translúcido cayado crepuscular muy bien acicalado, mostraba unos escuetos y serpentinos dedos de aguda y definida terminación, con ubérrimas raíces que brotaban entremezcladas sobre un curvado y delgado pico nocturno de incierta procedencia, que lucia el delicado y conservado cráneo de ave razas, con promiscua sutura occipital mutada en el promedio con un quitinoso y semivisceral vestiglo, provisto de complejo y delicados órganos adventicios.

PD: He leído en algunos libros que la raza humana lucía un pelaje capilar de variable grosor y flexibilidad. Su piel era porosa y respiraban una sustancia que llamaban oxígeno u O2, gracias a una especie de sacos abombados. Eran seres oblongos en su mayoría, y estaban dotados de 4 o 5 miembros locomotores (este dato no se sabe con certeza).

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Sombraespora Reptiliano


¡Carámbanos, que helor hacia en aquel recodo fantasmal!, era de noche y buscábamos algún lugar seguro para pernoctar. A nuestro paso, oblongos y laberínticos laviérnagos y abrótanos zullencos de berrugosas excrecencias, expelían al aire una ingente cantidad de execrable y tremebunda miasma que nos obligó a cambiar de derrotero.
Apresuraron el paso, pero yo me quedé atrás contemplando el insólito espectáculo que presenciaban mis ojos. El pestilente olor de las esporas multicolor se disipó a medida que ascendía hacia el calígino horizonte a escalonada velocidad. Un profundo aroma a acíbar inundó mis fosas nasales llenándome completamente de extraña energía cósmica, cuando una grotesca silueta de contingente evanescencia, fue consolidándose a medida que mostraba una apariencia cada vez más amenazadora, dentiaguda, con prénsiles cuchillas amenazadoras y largos miembros dignos del más profundo canguelo.
Este ser, cada vez más definido y acorazado, se erigia sobre las otrora vaporosas y tusígenas esporas umbrías, que me produjeron en aquel hiperbóreo recoleto una inenarrable sensación, tanto aterradora como gozosa.

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sábado, 23 de mayo de 2009

Makaradán del Pantano (Jesús Tortosa y Leo Barrachina)


El Makaradán del Pantano lleva habitando la intrincada selva pantanosa Akashart del planeta Arnio desde hace más de 220 millones de años. Es un animal sigiloso, experto en camuflaje y de costumbres nocturnas, que se alimenta de los gases que expulsan los rabinos de disco (un tipo de hongo que se reproduce a las orillas de los pantanos) y de pequeños anfibios nocturnos. Absorbe mediante unos pelillos tubulares que le cuelgan de su probóscide casi todo lo que necesita para su supervivencia. Posee una poderosa mandíbula provista de afilados dientes que emplea únicamente con funciones intimidatorias, para defender su territorio, y un agudísimo oído, que junto a su visión nocturna, le permite detectar con facilidad a los pequeños anfibios que transitan por los pantanos . La temperatura es bastante elevada, pudiendo fácilmente llegar a los 32-34ºC, y el clima muy húmedo. El Makaradán pantanoso está a medio camino entre los reptiles y los mamíferos, pero su sangre es fría y es ovovivíparo. Carece de cuerdas vocales y en época de reproducción, los pabellones de los machos irradian vistosos colores amarillos, azulados y anaranjados. Respecto a su modo de vida, las hembras viven en grupos con las crias, mientras los machos son seres solitarios que tan solo se juntan con las hembras en periodo reproductivo, que comienza a principios de mayo hasta finales de junio aproximadamente. Las crias estan desprovistas de color, son totalmente transparentes, y conforme van creciendo, adoptan un color verde oliva los machos y azul claro las hembras. Estos animales están completamente adaptados a la vida en el pantano, siendo grandes trepadores y nadadores muy veloces.

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